Escritura Diaria y Guía de Oración
Semana de Oración para la Unidad Cristiana 2006
Día 1, Unidos por la presencia de Cristo
(Efesios 4:5, 6).
Escritura
Ezequiel 37:15-28, Junto a ellos tendré mi morada.
Salmos 67 (66), ¡Oh Señor, que los pueblos te celebren!
Efesios 4:16, Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo.
Juan 14:23-27, Vendremos a él para hacer nuestra morada en él.
Meditación
Las Escrituras subrayan el deseo de Dios que su pueblo este unido. A través del
profeta Ezequiel, Dios afirma que Judá e Israel – dos reinos separados, a menudo
en desacuerdo – no serán más que uno nuevamente. Por su presencia purificadora,
los fortalecerá y los bendecirá en una alianza de paz. Por naturaleza
respondemos con gratitud y alabanza a Dios por la unidad que él nos ofrece. El
salmista invita a todas las naciones a unirse en alabanza a Dios, cuya presencia
salvífica será reconocida en todas las naciones y a través del mundo entero.
Jesús le enseño a sus primeros discípulos que él, junto con el Padre, estará
presente entre ellos, que “morará” en todos los que lo aman. Les promete
igualmente que su presencia no terminará con su muerte: él continuará estando
con cada uno de sus discípulos – y hoy con nosotros – a través del Espíritu
Santo. Pero la promesa de la presencia de Jesús no se limita a los creyentes de
forma individual: cuando afirma el evangelista San Mateo que donde dos o tres se
reúnen en nombre de Jesús, ellos forman una comunidad, una comunidad en cuyo
seno Jesús ha prometido estar presente para fortalecer y acompañar a los
miembros a lo largo de todo su camino. Nuestro reconocimiento mutuo del bautismo
muestra poderosamente esta pertenencia común. Por el bautismo, Jesús llama a
cada uno de nosotros y lo incorpora a su cuerpo, la Iglesia. Al pertenecer a
Cristo, todos nos pertenecemos los unos a los otros. Esta pertenencia común nos
hace, a Cristo y a cada uno de nosotros, una sola cosa, dejando nuestro pasado,
nuestra cultura y nuestras diferentes convicciones teológicas, porque “donde hay
dos o tres reunidos en mi Nombre, ahí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20).
Oración
Señor Jesús, te damos gracias por tu presencia entre nosotros, que nos fortalece
y nos anima en nuestro camino. Haznos conscientes de tu presencia en nosotros y
haz que seamos sensibles a lo que tú nos sugieres en todas nuestras acciones.
Concédenos sabiduría y humildad para que podamos reconocer tu presencia en
nuestros hermanos y hermanas. Señor, haz que seamos verdaderamente uno. Amén.
Día 2, Edificar la unidad de los cristianos con Jesús entre nosotros
(Juan 13:14).
Escritura
Deuteronomio 30:15-20, Entonces vivirás y te multiplicarás.
Salmos 133 (132), ¡Qué bueno... cuando viven juntos los hermanos!
1 Corintios 12:12-31, Dios ha puesto cada parte del cuerpo como ha querido.
Juan 13:1-15, También ustedes deben lavarse los pies unos a otros.
Meditación
Como indica el Salmista, la unidad es atrayente. Debido a la presencia de Cristo
entre nosotros, los cristianos tienen la tarea de edificar día a día sus
comunidades según el espíritu del Evangelio. Jesús nos dejó un modelo muy
concreto del comportamiento cristiano hacia el prójimo la tarde antes de morir
al lavarle los pies a sus discípulos. En 1 Corintios 12, San Pablo nos anima a
tenernos en cuenta unos a otros, ya que en el Espíritu Santo cada uno es
diferente pero pertenece al mismo cuerpo. La Palabra de Dios nos invita a
practicar un servicio muy concreto como hermanos y hermanas en la Iglesia, en la
que tenemos como misión aumentar el servicio en el mundo. La participación en la
vida de la Santa Trinidad no es la simple afirmación de un artículo de fe. Ello
nos empuja a comprometernos cada día en una tarea ecuménica para que la Iglesia
refleje aun más la comunión trinitaria. En nuestra confesión del único Dios, al
igual que nuestros hermanos monoteístas, ¿no tenemos los cristianos un modelo a
imitar del amor que se obra entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Avanzar
con Cristo implica, en sí, la solicitud entre los miembros de la Iglesia, ya que
lo que se cumple positivamente de manera aislada no tiene el valor de lo que,
modestamente, se realiza en común. Lavar los pies de los hermanos, más que un
simple gesto, es también una apertura de corazón, de fidelidad a Jesús que nos
invita a servir a la Iglesia, en la cual queremos ser piedras vivas y
fundamentales.
Oración
Padre eterno, unidos en el nombre de tu Hijo Jesucristo y en la presencia de tu
Espíritu consolador, nos comprometemos a construir la comunidad cristiana con un
corazón y un entusiasmo renovados por el fuego de tu amor. Ayúdanos a vivir un
ecumenismo diario con los que nos rodean, a imagen de tu Hijo, que lavó los pies
de sus discípulos, para que entremos juntos en la nueva vida de su presencia.
Amén.
Día 3, Orar juntos en el nombre de Jesús
(Isaías 30:18).
Escritura
Isaías 30:18-26, Él se compadecerá de ti.
Salmos 136 (135), ¡Su amor perdura para siempre!
Hechos de los Apostoles 1:12-14, Reunidos en oración.
Mateo 18:18-20, Orar en nombre de Jesús.
Meditación
En la Biblia un tema recurrente es el de reunirse para orar en una sola
comunidad, dejando atrás las diferencias persistentes a un plano humano. Las
comunidades se reúnen para celebrar y alabar al Señor, implorar su perdón e
interceder ante él para alcanzar su misericordia y su ayuda. La bondad de Dios
se nos muestra mas claramente por el hecho de que el Señor es un Dios de
justicia. Con nuestra oración respondemos a la justicia de Dios, a lo que Dios
en primer lugar ha cumplido por nosotros, ya que “Cristo murió por nosotros
siendo nosotros todavía pecadores.” A través de toda la Biblia se nos ha
manifestado la identidad de Dios: su amor misericordioso nos salva. Los Salmos
han sido conservados como himnos y oraciones que eran recitados por el pueblo de
Dios cuando se reunía para celebrar el culto divino. Estas palabras recitadas
conjuntamente creaban un vínculo de unidad entre los fieles como también un
sentimiento de pertenencia común que, a la vez, les inspiraba confianza y
serenidad. Era natural que esta tradición prosiguiera en la Iglesia primitiva.
¿No fue Jesús mismo quien le enseñó a sus discípulos a orar? En el Evangelio de
hoy Jesús habla de que se nos concederá cualquier cosa que pidamos si nos
ponemos de acuerdo. Cuando nosotros, los cristianos, nos reunimos en el amor
para orar los unos con los otros, podemos estar seguros de que Cristo está
presente entre nosotros. Juntos, cuando rezamos en nombre de Jesucristo, estamos
unidos los unos a los otros como objeto de nuestra oración. He aquí por qué la
oración común es una oración eficaz. Los discípulos de Cristo se dedican a la
oración y alcanzan la unidad. Es muy probable que si Jesús ha orado en la
víspera de su muerte para que sus discípulos sean uno, es porque no estaban
todavía unidos en su nombre. Veinte siglos más tarde tenemos el deber de
preguntarnos: ¿qué tan cerca estamos hoy de estar unidos en nuestra oración, en
la vida y en la acción común? Efectivamente, nuestra unidad es un don que nos
viene de Dios. Aún más, somos conscientes de que este don debemos buscarlo
incesantemente en la humildad. El apóstol nos exhorta a orar sin descanso para
que el Espíritu Santo se derrame nuevamente sobre nosotros y, por encima de
todas nuestras divergencias, nos una con su soplo.
Oración
Señor, enséñanos a orar como Jesús ha enseñado a sus discípulos. Que podamos ser
uno en la fe, en el amor y en el servicio como ellos mismos no tenían más que un
solo corazón. Concédenos celebrar nuestra diferencia, alegrarnos en la
diversidad y compartir de todo corazón las riquezas de nuestras respectivas
oraciones. Haz que nuestra reunión en nombre de Jesús nos transforme, a fin de
que seamos verdaderamente uno y el mundo crea en su presencia fiel. Amén.
Día 4, Del pasado al futuro: perdón
(Mateo 18:22).
Escritura
Jonás 3, Arrepentimiento de Nínive, la gran ciudad.
Salmos 51 (50), Una invitación a la misericordia.
Colosenses 3:12-17, Haciendo todo con amor.
Juan 8:1-11, Yo tampoco te condeno.
Meditación
Los temas principales en estos textos son el reconocimiento de los pecados del
pasado, la gracia del perdón y el restablecimiento de la comunión. Las
relaciones mutuas de nuestras comunidades cristianas todavía llevan las huellas
de un pasado marcado por la de debilidad humana y del pecado. Ciertas heridas
están en vías de curación, otras son todavía fuente de dolor y de división. La
confrontación con el pasado puede ser difícil y exige un sincero examen de
conciencia, de las personas como también de las comunidades. Por ello, el camino
que Dios quiso cumplir con nosotros fue para que seamos su pueblo elegido, y
para que la paz de Cristo reine en nuestros corazones y entre nosotros. Jonás
exhorta a los habitantes de Nínive a conducirse honestamente, confesando su
egocentrismo, su menosprecio del bien y sus actos de violencia. Dirige esta
llamada a toda la ciudad y a todos sus habitantes. Cada uno debe convertirse de
sus malos pensamientos y de la violencia que todavía hay en sus manos. El
Salmista implora el perdón de Dios, estando él mismo profundamente turbado por
su pasado. Reconoce sus culpas y pide a Dios que no le abandone. Se siente
también responsable de los otros y les indica el camino de la verdad y de una
vida recta para que puedan, ellos también, reconciliarse con Dios. Los escribas
y los fariseos no ven en la mujer adúltera más que la caída y el pecado. La
identifican con su pasado. Al mismo tiempo, rechazan reconocer su propio pasado
y sus propios pecados. Jesús nos invita a no tirar más la primera piedra, a no
condenar más y, finalmente, a no pecar más. Nuestra búsqueda de la unidad se
fundamenta sobre esta llamada. El perdón ya no se mide, es inagotable como el
amor de Dios: hasta setenta veces siete. En su caminar ecuménico, nuestras
comunidades están llamadas a dar testimonio de la misericordia de Dios en lo que
ella tiene de infinito.
Oración
Dios de reconciliación, ayúdanos a superar las decepciones y la amargura que se
han acumulado en nuestros fracasos y los pecados del pasado. Enséñanos tu perdón
para que podamos con toda humildad buscar la reconciliación contigo y con
nuestro prójimo. Fortalece en nosotros el amor de Cristo, fuente y garantía de
la unidad de tu Iglesia. Amén.
Día 5, La presencia de Dios entre nosotros: una llamada a la paz
(Salmos 46).
Escritura
1 Reyes 19:1-13a, En un ligero susurro.
Salmos 46 (45), Con nosotros está Dios, el Señor.
Hechos de los Apostoles 10:9-48, Dios no hace diferencia entre las personas.
Lucas 10:25-37, ¿Y quién es mi prójimo?
Meditación
Meditando los textos bíblicos que hablan de la presencia de Dios entre nosotros,
encontramos las interpretaciones fuertes para nuestro camino ecuménico. Como en
tiempos de Elías, Dios no está en el huracán o en el temblor de tierra. Está en
la discreción de una brisa ligera que se manifiesta en la presencia apacible y
reconfortante. La convicción del salmista debe animarnos: Dios es nuestra única
fuerza. A ejemplo de un Dios que rompe los arcos y quiebra las lanzas, estamos
invitados a poner fin a todo conflicto. El episodio relatado en los Hechos de
los Apóstoles nos invita a contemplar el Espíritu de Cristo resucitado actuando
en el mundo. A imagen de un Dios que no hace distinción entre personas, debemos
aprender a superar las fronteras tan humanas que se nos presentan. La parábola
del buen samaritano nos recuerda que no podemos ocultar la mirada cuando nos
cruzamos con un hermano o una hermana despojados al borde del camino. ¿Cómo no
sentirnos solidarios con una comunidad eclesial que está en dificultad?
Oración
Reunidos en el nombre de Cristo Jesús, te rogamos, Padre: haznos descubrir tu
presencia en este mundo y ayúdanos a discernir los caminos sobre los cuales tú
nos quieres guiar en nuestra peregrinación ecuménica. A ti todo honor y toda
gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Día 6, Ser misioneros en el nombre de Jesús
(Mateo 18:14).
Escritura
Daniel 3:19-30, Testimoniar la fe.
Salmos 146 (145), Alabar a Dios, nuestro Salvador.
Hechos de los Apostoles 8:26-40, Felipe anuncia la buena noticia al eunuco
etíope.
Lucas 10:1-12, Jesús envía a sus discípulos.
Meditación
Encontramos hoy personas llamadas por Dios a testimoniar su fe. Sidrac, Misac y
Abdénago creyeron fuertemente y con firmeza en Aquél que les salva. Frente a un
grave peligro, su fervor, su ánimo y su testimonio común, convencieron al rey y
a sus consejeros que su Dios es el único Dios verdadero. Su testimonio de fe
permitió también reunir a los más temerosos de Israel. El pueblo de Dios se ve
fortalecido y unido nuevamente en torno a su Dios. El salmista canta alabanzas a
Dios que viene en ayuda de su pueblo en numerosas circunstancias para que
encuentre la seguridad y la salvación. El hecho de que Dios nos haya enviado a
su Hijo confirma definitivamente la preocupación constante que tiene de su
pueblo: Jesús no reúne solamente a los que están débiles o extraviados; también
atiende a sus discípulos que se comprometen apasionadamente, como misioneros en
su nombre, a difundir la buena noticia del Reino de Dios. En Felipe se refleja
el entusiasmo de la Iglesia primitiva. El apóstol aprovecha todas las ocasiones
que se le presentan para desempeñar la misión de Jesús. Hoy, como discípulos de
Cristo, estamos llamados a ser un pueblo misionero. El mensaje del Evangelio es
siempre eficaz cuando los cristianos dan juntos testimonio de su fe. Ahora es
nuestro turno de compartir la buena noticia con todos nuestros semejantes.
Estamos llamados a: tener coraje ante la increencia; quitar la comodidad que
ofrece nuestra propia cultura y nuestra tradición religiosa; encontrar nuevos
métodos, innovadores, para proclamar la buena noticia de Jesucristo; estar
entusiasmados y apasionados por nuestra fe común; estar motivados por la
compasión de Jesús para trabajar juntos aliviando los sufrimientos de nuestro
mundo; desafiar la injusticia en el mundo y ponerse al lado de los pobres. Los
cristianos dan testimonio común del Evangelio abriéndose al mundo, de cara a un
mundo en rápida evolución, pero también reuniendo a todos aquellos que están
desunidos, para que ninguno de los más humildes esté abandonado a su suerte. ¡Tenemos,
pues, una doble misión que cumplir!
Oración
Dios vivo, despierta en nosotros el deseo de ser un pueblo misionero. Ayúdanos a
escuchar tu llamada y concédenos el coraje de dejarnos guiar por tu Espíritu.
Que podamos congregar mediante nuestro testimonio común a los más necesitados,
para que sean fuertes y proclamen la buena noticia de tu reino en el mundo
entero. Amén.
Día 7, Reconocer la presencia de Dios en el otro: aceptar al otro en
nombre de Jesús
(Mateo 18:5).
Escritura
Éxodo 3:1-17, La zarza ardiente.
Salmos 34, El Señor salva a los de espíritu abatido.
Hechos de los Apostoles 9:1-6, Yo soy Jesús, a quien tú persigues.
Mateo 25:31-46, Jesús está presente en nuestro prójimo.
Meditación
Cuando Dios anuncia que librará al pueblo de Israel de la esclavitud guiándole
fuera de Egipto hacia un país que mana leche y miel, él manifiesta su presencia
a Moisés en medio de la zarza que ardía y no se consumía. De este modo, el
pueblo estaba seguro de la presencia del Dios de sus padres: “Yo soy el que
soy”. Éste no era un Dios distante, indiferente, sino una Presencia y una
Persona a quien le importaba la suerte del pueblo que había elegido. Más tarde,
Dios tenía que confirmar la naturaleza de su ser en la persona de su Hijo,
Jesucristo, que nos recuerda que debemos ser como niños pequeños si deseamos
llegar al Reino de Dios. En el seno de la Iglesia o en la sociedad no debemos
buscar a Cristo en los que son arrogantes u orgullosos, si no en la inocencia de
los niños pequeños (y en los que han llegado a ser como ellos en la inocencia y
la humildad). Acogiéndolos entre nosotros, es a Cristo a quien acogemos. Jesús
nos asegura una vez más la presencia de Dios entre nosotros. Cuando guardamos su
palabra, cuando dos o tres se reúnen en su nombre y cuando los hombres y mujeres
son perseguidos por su causa. Como cristianos obedientes al mandamiento dado por
Cristo en la última Cena (“haced esto en conmemoración mía”aun que no estemos de
acuerdo sobre la naturaleza de la presencia de Jesús en su mesa, por lo menos si
estamos seguros de que está presente en nuestro corazón y en nuestro espíritu.
Cuando damos de comer a los hambrientos, asistimos a los enfermos, visitamos a
los presos, vestimos a los desnudos y abrimos nuestras puertas al extranjero, es
también a Jesús a quien se lo hacemos y es, igualmente, a quien recibimos. El
Consejo Mundial de las Iglesias fue fundado en 1948, en parte para responder a
la necesidad urgente que experimentaban los cristianos de participar en la tarea
de reconciliación y ayudar a los que sus vidas estaban destrozadas por la
segunda guerra mundial. Este servicio ecuménico sigue siendo hoy día una gran
urgencia. Paralelamente, los teólogos se esfuerzan por encontrar el camino capaz
de llevarnos a una mayor unidad en la Iglesia. Además, la palabra “extranjero”
es una palabra clave. Jesús nos dijo que deberíamos amar a nuestro prójimo en
todas sus diferencias. Esta indicación clara que se nos ha dado para reconocer
al extranjero, el otro que pertenece a Cristo también, representa un elemento
fundamental del modo por el cual podemos animar y hacer avanzar la causa
ecuménica. Si reconocemos la presencia de Cristo en el extranjero de otra
tradición eclesial, no tenemos ninguna necesidad de tenerle miedo ni a él ni a
sus intenciones. Al contrario, podemos aprender de él y él de nosotros. De esta
manera, es posible que progresemos en el camino de la unidad. Teniendo
conciencia de la presencia constante de Jesús, reconocemos que él es parte de
nuestra vida. Él no es un personaje histórico que nos ha enseñado cómo debemos
vivir sino que, gracias al Espíritu Santo, está presente y obra en el mundo de
hoy.
Oración
Padre eterno, concédenos reconocer que tú estás presente entre nosotros de
diferentes maneras, para que aumente nuestro deseo de llegar a una auténtica
comunión en nuestras propias Iglesias y en la sociedad donde vivimos, y que
nuestra oración por la unidad del cuerpo de Cristo, tu Iglesia, llegue a ser
siempre más ferviente. En el nombre de Cristo te lo pedimos. Amén.
Día 8, Unidos en la esperanza
(Juan 14:20).
Escritura
Éxodo 40:34-38, En cada etapa del camino, la nube del Señor estaba sobre el
tabernáculo.
Salmos 42 (41), Pon tu confianza en Dios, que aún le cantaré.
Apocalipsis 21:1-6, El mismo será Dios–con–ellos.
Juan 14:15-31, No los dejaré huérfanos.
Meditación
Moisés condujo al pueblo de Israel por el desierto. Mientras atravesaban el
desierto, Dios los guiaba con su presencia durante el día bajo la forma de una
nube, y durante la noche como una columna de fuego. El tema del salmo es el
deseo vital y la esperanza de la comunidad de Dios realizada, que hará
desaparecer todas las dudas y penas. El nuevo pueblo nacido del Evangelio es un
pueblo peregrino, en camino hacia la plenitud de la vida, en la nueva creación
donde Dios morará entre nosotros, secando todas nuestras lágrimas. La muerte no
existirá más. El dolor y las divisiones serán superadas. No habrá más que una
sola humanidad renovada y reunida en Dios. Hoy, nosotros recorremos juntos el
mismo camino. Vivimos en la misma esperanza y pertenecemos al mismo Dios. En
nuestra peregrinación no estamos huérfanos. Jesús no nos ha abandonado porque
hemos recibido el Espíritu: el Espíritu de esperanza y de amor. Cristo nos ha
dado la paz que nos anima y nos guía para que vivamos en el amor. Si amamos a
Cristo, seremos fieles a su palabra. El tema de esta semana nos recuerda la
promesa de Jesús: “Donde hay dos tres reunidos en mi Nombre, ahí estoy yo en
medio de ellos.” Con Jesús, Palabra eterna y viva de Dios entre nosotros,
caminamos juntos en la esperanza. Nos podemos ayudar mutuamente para ser fieles
a este compromiso. Por el poder del Espíritu, Jesucristo nos hará conocer cada
vez más profundamente la nueva voluntad del Padre. En el seno del movimiento
ecuménico, aspiramos a ser una comunidad reconciliada y reconciliadora; ella
constituye un signo y una anticipación de la nueva creación futura. Con la
gracia de Dios, hemos realizado esta peregrinación para vivir desde hoy lo más
cerca posible “en la tierra como en el cielo.”
Oración
Padre eterno, reunidos en nombre de Jesús, concédenos la certeza de que a pesar
de todo la muerte no predominará, que nuestras divisiones cesarán, que no nos
dejaremos vencer por el desánimo y que, en la esperanza, llegaremos a la
plenitud de vida, de amor y de luz que tú has prometido a los que te aman y son
fieles a tu palabra. Amén.